Dentro y fuera de nuestro planeta

Confieso que el título inicial de la entrada era “La Vía Láctea y la tormenta”, un título sin mucho gancho y que pensando en que se trataba de dos “fenómenos” que se daban uno fuera de la Tierra y otro en ella se me antojaba mejor como “In & Out the Earth” aunque finalmente he decidido no usar la lengua de Shakespeare. Obviamente matizar, antes de empezar, que lo de “dentro” hace referencia a fenómenos atmosféricos en la superficie terrestre, nada tiene que ver con la estructura geológica interna del planeta. Así pues empecemos…

¿Qué tendrá la Vía Láctea que a casi todos nos apasiona tanto? Tal vez sea porque se trate de nuestra “casa” aunque esto es un eufemismo ya que realmente la Vía Láctea es una galaxia, nuestra galaxia, en espiral barrada donde “nuestro” Sistema Solar ni siquiera está en ningún brazo principal sino en un brazo menor, llamado como el brazo de Orión (por ser donde se encuentra dicha constelación). Aunque cuando intentamos fotografiar la Vía Láctea  siempre procuramos dirigirnos en posición hacia su centro (el bulbo), nuestro Sol ni siquiera se encuentra cerca de él, sino a unos 27700 años luz (para llegar tendríamos que viajar a 300 mil km/s durante 27700 años!).

Tal vez sea, el saberla inalcanzable, con un nombre de estrellas estimadas en más de 200 mil millones (no todas del mismo tipo que el Sol), junto con la fascinación de la multitud de preguntas sin respuestas aún, lo que me motiva a dar un vistazo de vez en cuando al exterior de nuestro planeta aunque sea poco, mal y meramente testimonial. ¿Curiosidad científica? Quizás. ¿Afán por guardar registro y testimonio de lo que observo? Seguramente, aunque asumiendo que mi corta existencia no llega ni a milisegundos en la “vida” del Universo.

Aprovechando que entre primavera y otoño se puede observar la Vía Láctea en nuestro hemisferio (norte) y que hacia verano, las temperaturas son más agradables de noche y además la Vía Láctea se ve a horas menos intempestivas, se dio el pistoletazo de salida a fotografiar nocturnas con Vía Láctea a principios del mes de junio.

La verdad es que las previsiones daban muy pocas probabilidades de éxito y tuvimos muchas nubes durante el día e incluso lluvias. Pero esa noche tuvimos unas cuantas horas de tregua, aunque a lo lejos al horizonte, supuestamente sobre Perpignan (Francia) o cercanías  se vislumbraban fogonazos de luz que iluminaban algunas nubes como si fuesen lámparas celestes.

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La bóveda celeste estrellada era preciosa y me sorprendió la gran cantidad de aviones que la surcaban. Se veían a simple vista por los pilotos luminosos intermitentes blancos y rojos que llevaban. Al fotografiarlos se obtiene una estela de puntos blancos y rojos alternados pero en una de las imágenes… Oh, sorpresa! No se trataba de ningún avión sino de un bólido.

Una partícula de polvo cósmica (material sólido procedente de un cuerpo celeste, por ejemplo, que se haya desprendido de un asteroide) que al entrar en contacto con la atmósfera terrestre, debido a la fricción, se vuelve incandescente y se desintegra. Normalmente suelen ser partículas del tamaño de granos de arena e incluso más pequeñas (aunque también las ha habido mayores). Fijaros en la estela tan marcada de la parte superior izquierda de la imagen y en su trayectoria. Siempre me causa alegría el poder registrar con la cámara estas situaciones ya que son impredecibles y fotografiarlas es meramente fortuito, cuestión de suerte, vaya.

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En la imagen también se puede ver la Vía Láctea trazando una diagonal contraria a la del trazo del bólido, que coloquialmente llamamos estrella fugaz, pero que realmente, como he dicho antes, no es ninguna estrella.

En un cielo despejado y con poca contaminación lumínica (la nula contaminación lumínica en la Península Ibérica es muy poco probable salvo algunos puntos que se acercan…) es asombroso la cantidad de estrellas que se pueden ver a ojo desnudo con simplemente acostumbrar la vista a la oscuridad…

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De hecho quería realizar un estudio de las constelaciones pero me ha resultado prácticamente imposible diferenciarlas salvo algunas estrellas más brillantes como Deneb de la constelación del Cisne, Vega de la constelación de la Lira y Altair de la constelación del Águila.

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Una captura de Stellarium para que podáis ver las estrellas que he identificado y las constelaciones.

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La última fotografía de la noche, buscando algo más la estética con la torre y la tormenta aunque sin dejar de lado el cielo estrellado. Después de esto bajamos pues me pasé casi toda la noche contando los segundos entre rayo y trueno para saber si la tormenta se acercaba o se alejaba. En un punto alto y con un trípode de carbono no era plan de jugármela. Un par de horas más tarde se preparó una tormenta de aupa.

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Por si alguien se preguntaba si no había contaminación lumínica… solo hacía falta darse la vuelta, aunque sorprendentemente donde estábamos no molestaba o no eran excesivamente acusados sus efectos. Realmente tuvimos mucha suerte con el cielo, en la orientación que nos interesaba estaba bastante despejado mientras que detrás estaba totalmente cubierto.

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Y para finalizar la entrada, volvamos al principio. Una imagen final que realmente fue de las primeras. ¿Entre tanta estrella, a quién no le apetece hacerse un “selfie”?

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Gracias a tod@s por pasar 😉

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